



Mis Diez Mandamientos
Mis Diez Mandamientos nace como una especie de guía de fe personal, una declaración íntima sobre aquello en lo que creo y desde donde intento moverme por el mundo. No es una obra que hable de la religión institucional, sino de la necesidad humana de creer en algo, de sostenerse en unos valores que den sentido y dirección. En mi caso, esos valores se resumen en una serie de lemas que he ido construyendo a lo largo del tiempo, en diálogo con las luchas y realidades que me atraviesan: el cambio climático, el transfeminismo, los derechos LGTB, el respeto hacia los animales, la empatía hacia las personas migrantes.
Cada lema está bordado de manera independiente, sobre distintos tejidos —raso, terciopelo, fieltro— con letras y dibujos hechos a máquina. Me interesaba esa mezcla entre el lujo y la fragilidad, entre lo artesanal y lo mecánico, como si cada frase fuera un pequeño altar portátil. En total son trece tiras bordadas.
Las tiras, vistas en conjunto, funcionan como un compendio de mi manera de entender la ética y la belleza, una suerte de mandamientos laicos que reemplazan el mandato por la conciencia. La palabra “AMEN” cierra la obra, pero no desde su sentido religioso tradicional de “así sea”, sino desde el verbo amar, en modo imperativo. Para mí, AMEN es una invitación a amar, a seguir creyendo en el afecto como fuerza transformadora. Amar la tierra, amar los cuerpos diversos, amar los vínculos y los espacios donde todavía hay posibilidad de ternura.
Mis Diez Mandamientos es probablemente la obra más personal que he hecho. En ella conviven mis convicciones y mis dudas, mis luchas y mis esperanzas. No fue pensada para gustar ni para responder a ningún formato, sino como una manera de situarme, de recordarme lo que considero esencial. Es, en el fondo, una plegaria humanista: una manera de afirmar que todavía creo en el poder del amor, de la ética y de la belleza para imaginar otro mundo posible.